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“Te reviento la vida”, no es una frase dulce precisamente

“Te reviento la vida”, no es una frase dulce precisamente

Para quien pensó que los 14 o 15 eran años de besos empalagosos, enamorarse por primera vez y dejar la mente en blanco durante las horas de estudio, tengo que decirles que los 14 o 15 de años de ahora me parecen una burrada.

De paseo por las redes, con los oídos abiertos en el autobús, poniendo atención a las charlas de la calle… lo que veo en los más jóvenes entre los jóvenes, entre los que hasta ayer nos parecían niños y hoy llamamos adolescentes es una forma de comunicarse tan bruta, tan llena de insultos, que da que pensar.

Hace unos meses me empapé de mucha teoría y práctica sobre el Bullying cuando tuve la suerte de ser la jefa de prensa de la Aventura C95 Stop Bullying. Allí conocí de primera mano lo que piensan los acosadores y los acosados, lo que dicen los psicólogos, los policías y los guardias civiles que luchan contra el acoso … vi de cerca las iniciativas de administraciones y particulares, los reportajes y campañas de los periódicos, de la tele, de la radio… Pero aquello pasó. La sociedad se quedó con el mensaje, pero ya no hay martilleo acerca de la necesidad de introducir algunos cambios en las actitudes.

Y pienso que el mayor cambio de actitud es la comunicación que tienen. Se “revientan la vida”, se llaman de todo, se insultan y hacen de esa comunicación tan sumamente violenta la expresión de cada día.  Varios jóvenes hablan. Uno de ellos recibe un mensaje de voz “te voy a reventar la vida” y piensa que el colega está un poco molesto por algo. Una niña le dice de forma totalmente natural a su madre, “a mí también me llaman puta y guarra pero no me importa.” Tiene 13 años. La madre abre los ojos. En el trabajo el día de mañana esa niña abrirá la puerta a que la llamen de cualquier manera, porque habrá acostumbrado a su oído y su autoestima a que le digan cualquier cosa. El de la vida reventada, reventará cualquier cosa, porque la violencia extrema entra de lleno en el abanico de sus posibilidades. Y lo curioso es que no lo ven como acoso, lo ven una rallada, o rayada que no sé cómo se escribe. Es decir, no lo ven como una bofetada verbal, lo ven como una pequeña pasada.

Comencé a darme cuenta de la forma en la que se comunican después de haber trabajado con los expertos y haber comenzado a poner más intención en todo lo que tiene que ver con ellos.

Hay municipios que han declarado non gratos temas de reggaetón con letras machistas, porque entienden que dejan a las chicas a la altura de ser consideradas objetos, y que estar escuchando todo el dia ese tipo de letras puede quedar grabado en la consciencia. Bien, pues hay conversaciones que convierten a estos chicos en francotiradores y a otros en felpudos. Han normalizado el insulto, la amenaza y también la forma de hablar repetitiva y sincopada.

Solo se utilizan 10 palabras y varios emoticonos. Eso nos preocupaba. Ahora me preocupa más el contenido de las conversaciones, y más de una vez me tengo que contener en el metro o el autobús para no decir lo que pienso.

Había relatos que decían que en las tribus, el joven se hacía adulto cuando había matado a un tigre. Ahora se hacen adultos cuando disparan insultos unos a otros como forma de mostrar más fuerza.

Yo siempre he defendido el valor sanador de un taco, pero me planteo las repercusiones de una conversación en las redes y en la calle tan marcada por la violencia. Violencia que genera violencia y conversaciones en las redes que harían sonrojar a cualquiera. En las redes de los mayores no leo las burradas que reflejan las redes de los adolescentes. Es verdad que son seres sin filtro, pero quizá deberíamos enseñarles a filtrar lo que decimos, porque las palabras diseñan nuestra realidad, y la suya es la de una batalla campal.

Lo de las fotos en los cuartos de baño, de adolescentes con la boca de piñón, y la taza del baño detrás, lo dejo para otro día… no quiero que me llamen agorera.